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Bartolomeu Melià

“La cultura Guaraní sigue viva en Paraguay”

Por Cristina Gavilán.

Misionero jesuita

 
    Mi encuentro con Bartolomeu Melià resultó ser una grata sorpresa. En mi último viaje desde Mallorca a Paraguay decidí contactar con algún experto en la cultura guaraní, y comencé a indagar hasta que me dieron un nombre. Lo curioso fue que se trataba de un mallorquín, el padre Bartolomeu Melià, misionero jesuita oriundo de esta maravillosa isla. Sus estudios en Filología, Teología, Filosofía y, sobre todo, su larga convivencia con los guaraníes, son su acreditación para hablarnos sobre esta cultura indígena.  
 

 

- ¿Por qué eligió ir a Paraguay?

- Para un joven de 22 años era muy atractivo marchar a un país desconocido y cuando el superior de mi orden me lo propuso estuve encantado, pues formaba y forma parte de mi ideal de entrega a los demás. Tuve la gran suerte de que era una época en la que nuestros superiores, en contra de lo que decía la burguesía paraguaya, creían que el guaraní como lengua tenía futuro. Mi profesor fue el padre Antonio Wask, un jesuita de Ibiza especialista en lenguas.

A los tres años ya enseñaba guaraní en el colegio Cristo Rey, pero hasta ese momento aún no había tenido contacto con los indios; después me enviaron a Francia a estudiar Filosofía, a España Teología, y por fin a Estrasburgo, donde hice mi doctorado. Éste consistía en estudiar las modificaciones de la lengua guaraní para adaptarse a la evangelización. Es decir, cuando los misioneros quisieron expresar el mensaje cristiano en guaraní, qué cambios sufrió la lengua. Conservo documentos sobre esta lengua de tiempo colonial, y es una literatura extraordinaria; aún vivo de renta para analizar estos documentos, publicándolos poco a poco. Los escritos tienen contenido religioso, sermones, rituales de los guaraníes; trabajos lingüísticos, gramáticas y diccionarios; trabajos de contenido, documentos de carácter político de los guaraníes, quejas que

escribieron ante los gobernadores...

- Cuéntenos cómo fue el indígena guaraní antes y después de la conquista. –

Hay un diario de un indio reportero de la guerra contra los portugueses, expulsados de las tierras paraguayas en 1704; estos indígenas eran vasallos del rey de España, que con frecuencia les pedía tropas para dominar a los portugueses, e incluso contra los propios paraguayos, los comuneros. El indio se sentía súbdito del rey de España y, como tal, estaba a su servicio. Al volver de Francia aún no había visto a un solo guaraní. En Paraguay, los indios que estaban en la selva conservaban muchos parecidos con sus antepasados, ya que no atravesaron el proceso de colonización. En medio de esta selva –en Pai Tavyterá, que significa «ciudad del centro de la tierra»- viven los indios mbyá, los avá guaraní. Yo quería saber cómo era la vida de estos indígenas; debo reconocer que mi curiosidad era más bien científica y tuve la suerte de entrar en contacto con León Cadogan, que fue la máxima autoridad en el conocimiento de los guaraníes. Él estaba preocupado por encontrar una especie de sucesor, así que nos entendimos bien y me hizo su discípulo, casi como un hijo. En 1969, cuando volví a Paraguay, empecé a recorrer  las selvas de Caaguazú y en contra de lo que pensaba, me recibieron muy bien. Yo entraba en la selva a pie, acompañado generalmente por algún indígena. Cuando sólo me quedaba una semana por pasar allí, lo que había sido interés científico, etnográfico y lingüístico, de pronto se convirtió en un compromiso con ellos.

Poco a poco fui conociendo los diferentes pueblos, y sobre todo, fui participando en sus intensos y hermosos ritos religiosos, que duraban toda la noche o a veces días enteros. Así conocí las particularidades de cada uno, pues por un lado se parecen y al mismo tiempo son bastante diferentes. También con el idioma hubo diferencias. Aparte de participar en sus costumbres, yo me esforzaba en escuchar y entenderles. Ellos se daban cuenta y  no tuvieron ningún problema en enseñarme como a un niño pequeño, desde el principio, cada cosa. De hecho yo estaba aprendiendo con ellos cosas que la universidad jamás me había enseñado, y puedo decir que mi mejor universidad han sido los indios: el modo de vida, el aspecto económico, la educación que dan a sus hijos, la vida religiosa, la mitología, los relatos del origen de los tiempos, de su sociedad.

Así que me fui adentrando cada vez más en el conocimiento de los indios, y así también pude darme cuenta de los grandes problemas que tienen. En primer lugar, hay una gran discriminación y menosprecio contra ellos, por ejemplo, por el hecho de que vivan en la selva, aunque sea una vida más humana, de comunión con la naturaleza, de respeto con los animales y los árboles... Cuando ellos tienen que cortar un árbol, primero le piden perdón y se lo agradecen. Otro motivo de discriminación es que se les ve como animales porque no están bautizados, aunque no fue esto lo que enseñaron los misioneros a los paraguayos; la gente busca cualquier excusa para despreciar al otro y para dominarlo. Les reprochan además que no trabajen, cuando en realidad tienen otro tipo de trabajo. Su estilo de vida es más austero, más moderado; no tienen consumismo, viven de acuerdo con necesidades reales, y no las creadas por el consumo. De hecho, son más «pobres» porque no tienen tantas cosas, pues sólo conservan lo que necesitan. Incluso se les discriminaba por el color de piel, por sus facciones, etc., cuando el paraguayo tenía a menudo los mismos rasgos que el indio por ser mestizo. La lengua es asimismo un motivo de conflicto, ya que hablan un guaraní distinto al de los paraguayos, ignorando que esa diversidad es una riqueza enorme para el país. Cada vez que salía con ellos, notaba que la gente los despreciaba, hasta les llamaba la atención que yo viviese con ellos, que durmiera en sus chozas y que comiese lo que ellos comen, pero yo les decía: « ¿Qué creen que comen ellos?, comen lo mismo que todos: mandioca, maíz...» Ese era un gran problema que ahora se ha agravado: ellos no tienen papeles de propiedad de sus tierras, así que les dicen que no les pertenecen, como si los indios hubiesen bajado de la luna ayer, siendo los únicos que han estado siempre aquí. Los han ido expulsando de un lugar a otro porque llega un señor, compra una tierra y los echa de la noche a la mañana. Algunos de esos grandes estancieros aceptan que se queden en una zona de sus tierras, pero con la condición de no pasar tal o cual arroyo y de no cazar en ellas. Ellos tienen un sistema de educación muy propio y muy tranquilo, que hace que los niños guaraníes sean un encanto: no se pegan, no desobedecen, no se ve casi nunca a una madre o a un padre pegando a su hijo. De todas maneras, nuestra sociedad les está negando sistemáticamente una educación alternativa, que también necesitan. El Estado ha llegado a sacarles de sus tierras, tomando posesión de ellas sin darles nada a cambio. En efecto, lo que llamamos «civilización» les ha llevado enfermedades, pero el Estado no les da remedios contra ellas.

- Me llama la atención una cita de su libro Una nación, dos culturas, que dice: «llevan en sí mismos el eco de milenios de búsqueda de Dios, búsqueda incompleta, pero hecha frecuentemente con sinceridad y rectitud de corazón». ¿Por qué cree usted que esta búsqueda ha sido incompleta?

- Para empezar, cualquier búsqueda de Dios será incompleta, porque es tan grande que resulta inabarcable. Su búsqueda es sincera y plena, y cualquier otra religión que busque formar parte de su vida no debe cambiar sus propias creencias. Si no, sólo conseguirán el efecto contrario. No se les puede obligar a abandonar ni su cultura, ni su religión, ni su lengua, pues son sus raíces.

- ¿Usted opina que es importante que el indígena conviva con el occidental, o que el occidental aprenda a convivir con el indígena?

- Los indios tienen actitudes de diálogo con nosotros más auténticas que las nuestras. En principio, pese a las dificultades, creo que el diálogo es posible: aunque no entienda una lengua, como persona, puedo dialogar con un africano, con un chino, con un japonés..., pues en ese diálogo, cuando es sincero, los dos somos más. Del diálogo siempre sale una especie de efecto positivo, que hace que ambos salgamos enriquecidos. Esto es posible porque si bien algo cambia en cada uno, no conlleva que nadie renuncie a lo que es. Esto se aplica también al bilingüismo: yo aprendí a hablar castellano después del mallorquín, pero por aprender uno, no olvidé el otro. Por muy increíble que parezca, hay programas de bilingüismo que están orientados a la sustitución del idioma en Paraguay, exigiendo que los indígenas aprendan castellano y olviden su lengua autóctona porque «no les sirve para nada». Máscara Tupa, el Sol, principal divinidad de los guaraníes, contraparte del dios Añá.

- ¿Cómo es posible que en la historia se repitan casos como el de la represión e intolerancia que sufrieron los indios de Latinoamérica? ¿Cuál cree usted que es la causa de estos abusos por parte de los que se comportan como «conquistadores »?

– En el mundo, a través de los años, se han formado sociedades con un afán de dominio enorme y se han hecho muy fuertes. Esto no sólo se da de naciones hacia naciones, sino también dentro de la propia nación. Generalmente son tres estrategias las que se combinan en estos casos: la dominación económica, la dominación simbólica -ideas, religión, etc.- y la dominación política.

 - Yo fui a la escuela en Paraguay y nunca se trató la figura de los indígenas, que son nuestros antepasados, los habitantes originarios de estas tierras, como protagonistas, sino siempre como sombras que apenas eran mencionadas.

- En paraguay, la mejor parte de su historia, de su economía, de su arte, fue desarrollada por los indígenas. Y esta historia la desconocemos. El único arte que queda ya de la época de la colonia es el de las misiones, lo demás fue destruido. Si esto no hubiera ocurrido, Paraguay sería una especie de Museo del Prado a nivel nacional. O sea, en cada iglesia y cada pueblo habría decenas de instrumentos musicales, obras de arte, etc. de los indígenas. Ellos crearon una cultura que hoy se está declarando patrimonio histórico de la humanidad, de la que en Paraguay no sabemos nada. Es triste que nos vayamos a Miami pero no conozcamos las ruinas de Trinidad, por ejemplo, y mucho menos les vamos a dar un céntimo. Si se hace algo para conservar esto es por ayudas que vienen desde afuera, pero el gobierno no pone nada. A veces lo único que pone es la destrucción.

- ¿Qué cree usted que nosotros podemos aprender del indígena?

- Creo que hay tres aspectos que todavía se pueden considerar memoria de futuro: primero, son más espirituales, precisamente por su lengua y todo el sistema religioso, que incluye creencias, rituales, adornos, etc. Es verdad que los indios que antes se adornaban con plumas de aves de la selva ya no están, porque ya no hay selva. Ahora hay sojales llenos de agro-tóxicos, ya no hay ni mariposas, porque son perseguidas por depositar en las plantas sus huevecitos. Segundo: tenemos que aprender de ellos a conservar las particularidades (sus creencias e idioma). Ahí está el futuro. No cerrarse a valores exclusivos, pues los llamados «valores universales «» no se pueden dar abandonando lo propio. El futuro está en lo particular; no en lo particular cerrado, sino en la identidad con formas de expresión que son propias. Por ejemplo, creer que sólo un tipo de maíz es el mejor, y no veinte tipos diferentes como tenían y valoraban los indígenas. De los guaraníes también podemos aprender algo que filósofos e historiadores han apuntado: es la economía del don. No la economía del precio de mercado. Los indígenas han estado miles de años viviendo con la economía del don, incluso la venta es para ellos un acto de vergüenza. Nosotros deberíamos abandonar la economía de la venta para pasar cada vez más a la economía del don. El don está orientado a la fiesta, a la comunidad, a la reciprocidad y a la generosidad.

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